Párroco, Amado Caballero III
Se acabaron las vacaciones de verano. Los niños ya han vuelto al colegio. Tienen que madrugar, prepararse para ir a clase, reencontrarse con amigos y profesores, entregar los deberes y leer los libros.
Cuando les pregunté a los niños: "¿Cómo pasasteis las vacaciones de verano?" o "¿Qué tal fue este verano?", recibí respuestas maravillosas.
Algunos niños salieron con sus amigos del barrio a buscar cigarras escondidas en los árboles, las atraparon y jugaron felices con ellas y otros escarabajos (cigarras ciervo, escarabajos rinoceronte, etc.), tan absortos que perdieron la noción del tiempo.
Para otros niños, sus vacaciones de verano más memorables fueron un campamento de verano con su familia. Montaron tiendas de campaña cerca del mar y disfrutaron de barbacoas por la noche. Para ellos, el verano no está completo sin disfrutar de la playa, el mar y el sol. El verano es la estación perfecta para relajarse junto al agua.
Otros niños visitaron granjas para recoger arándanos, jugar en los campos, alimentar a las vacas, montar a caballo, escalar montañas y experimentar la conexión con la naturaleza. En otras palabras, pasaron horas contemplando la belleza de la creación, aliviando el estrés bajo árboles gigantes o simplemente conectándose con la naturaleza.
En todas estas experiencias, los niños se encontraron con una creación que refleja la belleza y la magnificencia de Dios, su Creador.
Esta es la enseñanza de nuestro santo patrono, San Pablo, quien nos recuerda en su carta a los Romanos que «las cosas invisibles de Dios, como su eterno poder y divinidad, se pueden percibir claramente a través de las cosas creadas desde la creación del universo» (Romanos 1:20). Cuando los niños pasan tiempo al aire libre, ellos, y por supuesto nosotros, no solo juegan; están presenciando con sus propios ojos las señales visibles del Dios invisible.
Hay una canción en inglés:
What a Wonderful World (de Louis Armstrong)
Veo árboles verdes. Rosas rojas en flor. Para ti y para mí.
Veo cielos azules y nubes blancas.
Un día brillante y bendito, una noche oscura y sagrada.
Los colores del arcoíris son tan hermosos en el cielo. Y en los rostros de la gente que pasa.
Los amigos se dan la mano y preguntan: "¿Cómo estás?".
En realidad dicen: "Te quiero".
Un bebé llora; crecerá y aprenderá tanto, más de lo que jamás podré saber.
Y pienso:
Qué mundo tan maravilloso.
El verano no solo nos brinda descanso y sanación, sino que nos invita a contemplar la magnificencia de la creación de Dios.

